Me atrevería a decir que gracias a mi empeño por conocer las Ballestas tuve la oportunidad de recorrer dos grandes maravillas naturales y otra más gastronómica, así como personas clave en esta aventura andina.
A las 7:00 de la mañana sonó mi despertador, que me avisaba que había llegado el tiempo de desayunar para zarpar a mi visita con los leones marinos y los pingüinos. Todo indicaba que de nueva cuenta estaría cerrado del puerto pues la neblina no era mucho menos densa que el día anterior. Sin embargo, después de dos horas y media se nos dio la buena noticia de que si se llevaría a cabo el recorrido.
En el bote fuimos primero al Candelabro, que es una figura grabada con dos metros de profundidad en la duna de una isla, parecido a lo que se puede observar en las líneas de Nazca, mundialmente famosas gracias a la producción hollywoodense “Señales”. Pero a diferencia de éstas, el origen del Candelabro es aún más enigmático, puesto que no se han encontrado restos orgánicos y por lo tanto no se puede definir la edad de la estructura con exactitud.

Ya en mar abierto pudimos observar varios delfines muy a lo lejos, apenas era posible apreciar sus aletas y colas, pero eso no evitó la emoción que los tripulantes internacionales de la embarcación sentimos al verlos. Luego de 15 minutos llegamos a las Islas, que más bien son monolitos en medio del Océano Pacífico. Desde que comenzamos a acercarnos se podían ver grandes parvadas de aves, que al momento de acercarnos a las rocas pudimos darnos cuenta que se trataba en su mayoría de gaviotas peruanas, distinguidas por su cuerpo gris, el cuello blanco y un detalle en rojo al final de su pico.
No tardamos mucho en encontrar un pequeño grupo de pingüinos de Humbolt y casi de inmediato una roca llena de leones marinos. En todo el lugar se puede observar una veintena de especies de aves, estrellas de mar, arañas de mar y por su puesto los reyes del lugar e imán de turistas, los mamíferos antes mencionados.
El olor de las Ballestas no es muy grato, pues por la cantidad de aves las rocas están plagadas de guano (el excremento de los pájaros), pero ello no es del todo insatisfactorio pues representa un ingreso económico importante para los pobladores de Pisco y Paracas, pues cada cinco o siete años ellos recolectan todo este producto para ser exportado como fertilizante.
Debido a la tardanza sufrida para iniciar el recorrido, al termino del mismo, había perdido el camión que me llevaría a Ica, pero Lucho o mejor conocido como “El Mago”, quien es dueño, guía y asesor en los tours de Paracas y sus alrededores, me había conseguido transporte en un auto privado acompañando a una pareja de holandeses y quienes se dirigían al mismo pueblo. Poco antes de llegar a Ica, pasamos por una fábrica tradicional de pisco, en donde se muestran los viñedos, las vasijas antiguas de fermentación, el método de destilación y por último, la mejor parte del recorrido, una degustación de los diferentes licores que se preparan ahí.

Pasamos rápidamente por Ica, que no tiene muchos atractivos, para llegar a Huacachina, un oasis en medio de las dunas desérticas. Lugar en el cual, por tan sólo siete soles, puede comer un menú que incluía un plato con ollurules (una especie de papá). Después del deleite gastronómico caminé un rato por el pueblo en beneficio de mi propia digestión. Ya casi era momento de partir, cuando decidí tomar un tour por las dunas, que más bien es considerado como un deporte extremo, pues en un buggy, que es un carro tubular 4x4, te llevan por el desierto saltando, subiendo y bajando dunas a altas velocidades. Pero el recorrido no es sólo eso, también incluye un poco de desert surf, en el que se bajan las protuberancias arenosas con una tabla especial. Es así como pude vivir una aventura especial y económica, pues con tan sólo 40 soles, se experimenta algo que nunca olvidarás, muy a pesar de que las bolsas, la cámara, el celular y la cabeza quedan llenas de arena.

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